Fernando Pessoa , El libro del desasosiego
He vuelto esta mañana de Lisboa, que sigue siendo una ciudad mágica y hermosa, llena de rincones fascinantes, de música y de vida. Allí he pasado los últimos cinco días, descubriendo nuevos lugares y fotografiando todo aquello que se me ponía por delante y me sugería algo especial. La ciudad de los fados y los tranvías hervía bajo el sol de agosto, animada pero lánguida y decadente, como me parece siempre ese lugar.

Una de las mejores anécdotas del viaje ha sido la experiencia del fado amateur en la
Tasca do Chico, ese clásico del barrio alto en el que algunos aficionados al cantar popular portugués -que se cuentan por millones en todo el país, y lo defienden como si les fuera la vida en ello-, deleitan a turistas y locales en un pequeño y abarrotado local, en el que
la comida y la bebida son de puro relleno. Las famosas fibanas -el clásico montadito en versión cutre- son cuartelarias, y la sangría parece hecha con Redoxón, pero cuando las luces se apagan, ni las moscas se atreven a volar: el público chista sin cesar hasta volverse impertinente a cualquiera que ose respirar cuando las guitarras suenan y los fadistas se arrancan. Como véis, no hay fotos del evento.
Topamos incluso con el ego de una diva aficionada con ínfulas de Rodrigues, y con la bizarra -gracias por sugerir el término, Laura-, actuación de un fadista mezcla de Arnold Schwarzeneger y Clark Gable, un hombre todo músculo y sentimiento. Esto, como todo lo que no se puede pagar con Mastercard, no tiene precio.
Para sangria y fado buenos los del Chapitô, el ya famoso local de una organización cuyo objetivo dice ser la acción social, mediante la formación y la difusión de la cultura. Quizá os hable de él otro día, pero yo fui a conocerlo una noche, pues había sido recomendado especialmente por amigos como
sitio chulo para ir a tomar una copa con vistas privilegiadas y precioso entorno. El local, para echarse una copichuela en su terraza, cenar o bajar al sótano a escuchar música en directo, es realmente precioso.
Tiene un ambiente lo que se dice agradable -con un puntito entre hippie y pijo-, y su sangría con hierbabuena y canela es realmente deliciosa. Tanto, que estuvimos escuchando a una dotada joven que cantaba fados durante unas tres horas, y luego no tuvimos ganas de cortarnos las venas. Y como no corrió la sangre, nos mudamos -ya a eso de las dos de la madrugada de un viernes lisboeta- a
una coqueta tetería que queda poco más abajo del tourmalet que es esa cuestecita de la Costa do Castelo. Allí, haciendo honor al espíritu del local, nos fumamos una cachimba de melón y sorbimos despacito un
té Yoga, con cardamomo y jengibre. Una gran noche en Lisboa.

Otro de los hitos -que resultó del todo exitoso, ya veréis por qué- de mi estancia fue el desayuno en el
Martinho da Arcada, el mítico café del que dicen que Pessoa -lo siento, Guada, ya sé que no te gusta-, fue asiduo. No he podido olvidar
su tarta de chocolate, y por tres veces fui hasta la Plaza del Comercio a buscarla infructuosamente. Cansada de acudir sin fruto en pos de mi porción de dulce, decidí pasar uno de esos viernes tranquilos y magníficos recorriendo despacio una ciudad sin prisa. Pero antes había que prepararse: me compré un ejemplar de El País
y me senté en la terraza del Martinho a desayunar en condiciones. Una soberbia raja de melón dulce, un zumo de naranja, un cafelito y un bollo me dejaron como nueva. Y aproveché el tirón para ver una bonita
exposición de dos fotógrafos de National Geographic sobre la belleza mar y su expolio. Y luego al
Jardín Botánico, un edén en medio de Lisboa, en que pueden admirarse desde deliciosas flores a impresionantes árboles de todo tipo, pasando por un criadero de
mariposas Monarca.

Me gustan las casas, las calles y
las pintadas de Lisboa. Es una ciudad llena de extrañas figuras que la asaltan a una desde cualquier esquina. Presos surfistas, calaveras vaqueras, muñecas tristes o demandas populares, en
un blanco y negro y technicolor que convierten a la ciudad en una galería de arte gigante. Y tienen tiendas en las que uno puede comprar el póster de su película favorita, encontrar extraños juguetes desfasados, ojear retrógados tratados sobre belleza femenina, catar todo tipo de Vinhos do Porto, o probarse camisetas ultramodernas. Al caer la tarde de mi último día en Lisboa me fui a recorrer la Rua Dom Pedro V, hasta encontrar el
Pavilhao Chinês, un curioso bar en que no cabe ni un solo alfiler más en las paredes. Hay soldaditos de plomo,

bustos femeninos, platos de cerámica, maquetas de tren, anteojos, plumas, vasos, abanicos...
es como un rastro gigante emparedado, a la luz de las ténues lamparitas, en el que parece que los relojes no sólo se detienen, sino que vuelven atrás en el tiempo. Es un lugar singular, único.
Y se puede jugar al billar, qué más queréis.
Como epílogo, lamento decirlo, pero los lisboetas no han sido en mi experiencia gente especialmente acogedora o simpática de entrada. "Hay que ganárselos", dice una amiga que l

os conoce bien. En su descargo he de alegar que agosto es mal momento para estar en casi cualquier sitio, excepto en casa de uno, pero los proletarios debemos viajar cuando el patrón lo autoriza. Aún así, resulta sumamente agotador que intenten meterle a uno el clavo allá donde pisa, desde el hotel hasta el restaurante, pasando por el taxi o la tienda de souvenirs. Y eso que los lisboetas tienen una retranca especial, mezclada incluso a veces con un puntito salvaje importado de Brasil, como cuando le ofrecen a una sexo por la calle. Pero cualquiera les tose. Si ya lo dicen en las pintadas: "Turista, respete el silencio portugués o váyase a España". Que se lo hagan ver, que diría mi amiga Rosa...
Si alguien quisiera ver más fotos de este viaje están en mi
fotoblog.