29 jun. 2008

Campeones

Hemos ganado la Eurocopa. En este momento, las plazas de mi barrio y la mayoría de las calles de la ciudad están a rebosar de gente celebrando el triunfo de la Selección, en un desbordado mar de alegría pocas veces visto en esta ciudad. Ha sido una Eurocopa seguida como nunca antes. Y es que Cuatro lo ha hecho pero que muy bien. Desde el calentamiento previo del ambiente con un lema que terminó por cumplirse, y un despliegue de medios que ha tenido pegados a la tele a todos los españolitos, hasta la celebración final que aún nos queda por vivir mañana cuando los héroes del balón vuelvan a la ciudad a entregar la copa de la victoria.

Hemos visto a los jugadores hacer maravillas y luchar en el campo, hemos visto los palcos del estadio de Viena lleno de personalidades, y hemos visto a miles de personas congregadas en la Plaza de Colón siguiendo el camino del triunfo hasta la final. Una gran campaña de marketing, un despliegue técnico impecable, una realización sin pegas y una animación del público que sin duda les habrá reportado no sólo mucho dinero, sino también un seguimiento mediático sin precedentes. A pesar de que, como escribía el otro día, la memoria reciente no falla para los problemas que sin duda tiene este país, hoy hemos conseguido olvidarlos para celebrar una gran alegría nacional. Que un poco de patriotismo de vez en cuando tampoco hace mal. Felicidades.

27 jun. 2008

La jungla urbana: los mediadores (II)

Ya escribí en su día en mis reflexiones sobre la jungla urbana acerca de esos molestos individuos que se paran en grupos en las aceras de las calles, cortando el paso a los demás viandantes y molestándose cuando se les hace notar que uno necesita y tiene también derecho a usar la acera. Los mediadores.

Hoy me detendré en la fauna que pobla ya hace años los túneles, escaleras y pasillos del metro de Madrid, individuos e individuas -que diría la ministra de Igualdad- que harían las delicias de cualquier exterminador social deseoso de imponer el imperio de las buenas formas. Aquí también hay mediadores, de gran categoría, esos y esas que se meten en el vagón con un trotecillo cochinero a la vez dinámico y apurado, para luego pararse en seco en cuanto alcanzan el interior del convoy. ¿Es que acaso -cretinos egoístas- no se os ha ocurrido que tras vosotros puede llegar por los pelos alguna otra apurada persona que tampoco quiera dejar escapar ese tren? Pues cuando esto ocurre, el último en llegar se encuentra con que su trotecillo cochinero se da de bruces con la espalda del idiota que acaba de entrar y se ha quedado parado justo delante de la puerta, ya bien agarradito a alguna barra y felicitándose por su hazaña. Y claro, hay que solicitar permiso para entrar, como quien pide perdón por haber hecho algo malo. Otra opción son los codazos, también práctica habitual en estos casos.

Eso por no hablar del atasco que se monta en los alrededores de las puertas de los vagones, y que le obligan a uno a ir oliendo el cogote del vecino -cuando no algo peor-, mientras el centro del habitáculo permanece bastante despejado.

Luego están los que se quedan parados a la izquierda en las escaleras mecánicas e impiden el paso. ¿Donde ha estado esta gente desde hace veinte años? Veinte años, que es el tiempo del que deben datar los carteles en el metro que piden amablemente a los viajeros que se sitúen a la derecha en las escaleras para permitir el ascenso rápido de aquellos que quieran pasar. Veinte años de machacona cartelería para que algunos sigan haciendo lo que les sale del culo. ¿Por qué, dios, por qué?

¿Para cuándo una Asignatura de Ciudadanía que enseñe estas cosas en los coles?
Photo: Varmazis

Dichosa memoria

Antes de nada, dos cosas: tengo un novio argentino y no me gusta el fútbol. Lo digo porque el otro día, viendo el partido de la Eurocopa entre España e Italia, se me ocurrió hacer algunas de esas preguntas que a veces hacemos las mujeres sobre el fútbol. Mi novio, como buen argentino amante del 'deporte rey' me ilustraba, hasta que se me ocurrió comentar ingenuamente (ignorando de forma imprudente la procedencia de mi amado) lo que yo creía una verdad absoluta: 'pues los futbolistas españoles son famosos en todo el mundo'.

Algo que yo consideraba un dogma de fe -habida cuenta de la importancia del fútbol en este país y sumando mis experiencias personales-, se convirtió en una ocasión de chufla a mi costa. 'Los futbolistas españoles no son famosos en ningún sitio', vino a iluminarme mi chico, con un puntito entre guasa y suficiencia. Yo intenté defenderme como pude, alegando que hasta en Túnez, país que visité hace ya muchos años, los niños por la calle gritaban como un todo '¡¡¡Raul-Real-Madrid!!!', al ver pasar turistas españoles. Ni por esas.

Al final, viendo que mis esfuerzos eran en vano. Decidí quedarme callada, no sin sentir cierto resquemor patriótico que aún me produce un ligero desasosiego. Porque a ver: sean o no los futbolistas españoles famosos en todo el mundo, que lo son, y más ahora, ¿a mí qué más me da? ¿es que acaso me he contagiado de esa fiebre patriótico-futbolera que asola el país porque nuestros chicos están logrando por fin pasar de cuartos? ¿Es que no hay cosas más importantes de las que preocuparse en estos días aciagos que de celebrar triunfos deportivos? ¿Será verdad que estas cosas nos adocenan y nos mantienen contentos para que no nos ocupemos de lo mal que está todo?

Lamentablemente el buen fútbol en las botas de los chicos de Aragonés no me ha hecho olvidar que los bancos quieren sacarnos hasta la sangre después de tener gran culpa de esta crisis, que la Unión Europea quiere que trabajemos 65 horas semanales cargándose de un plumazo logros sociales conseguidos con sangre, sudor y lágrimas. No se me olvida que las leyes de inmigración, el poder abosolutista y ultraconservador de los Estados europeos y la corrupción enquistada en este país se parecen cada vez más a la películas de ciencia ficción sobre un futuro atroz; no se me olvida que los recursos de la tierra cada vez son más escasos y seguimos tirando de ellos como si tuviéramos el infinito cuerno de la abundancia. No se me olvida que este mundo cada vez tiene menos sentido y que los seres humanos ya hemos demostrado muchas veces que somos tan apáticos e ingenuos que cualquier enano mental con delirios de grandeza puede llevarnos al caos. Y ya me gustaría olvidar, ya me gustaría.

Dichosa memoria.